Décadas decadentes que no volverán

Reiteradamente se menciona la corta memoria del venezolano como si se tratara de una tara neuronal que nos persigue de generación en generación permitiéndonos caer en el mismo error una y otra vez. Solo por mencionar un ejemplo: En la década del ochenta, gracias a un régimen cambiario que hizo desaparecer la estabilidad económica en nuestro país, comenzaron la escasez y el desabastecimiento de productos de primera necesidad regulados por el gobierno puesto que no era provechoso producir estos productos a un precio desfasado de la realidad. Como consecuencia, se inició el nefasto contrabando hacia Colombia por parte de nuestros queridos vecinos y el acaparamiento por parte de nuestros queridos empresarios especuladores. Por otro lado, la economía informal comenzó la venta de productos de primera necesidad en forma clandestina hasta lograr convertirse en una sociedad organizada que invadió todos y cada uno de los espacios públicos de las principales ciudades del país. A este hecho se le sumó la desenfrenada caída de los precios del petróleo que desplomaron las exportaciones petroleras, y que, aunado a una fuga de capitales de casi ocho mil millones de dólares promovidos por la malversación de fondos, se desató un imparable descenso de nuestras reservas internacionales para lo cual fue inminente una devaluación. ¿Les parece familiar?

Algunos protagonistas siguen coincidiendo con los del pasado, sin embargo, un nuevo escenario distorsiona esta puesta en escena a la que nos enfrentamos hoy los venezolanos.

La protagonista concurrente: Colombia

Es complicado ser hermanos de un país cuyos gobiernos plutocráticos y narcotraficantes exportan la degeneración de sus contratiempos sociales. El objetivo de sus gobiernos y de la oligarquía neogranadina es vender la imagen de que somos una nación inferior a la de ellos y que nuestro bolívar vale menos que su peso. El paramilitarismo y el narcotráfico siempre han apostado por la desestabilización de nuestro país. En las décadas decadentes, cuando comenzaban a llamarnos cariñosamente “venecos”, ya comenzaba el plan de generar caos en nuestras ciudades así como el secuestro y robo de nuestros ganaderos, agricultores y empresarios; proliferando el germen de desasosiego en nuestros campos.

En los 15 años de Revolución Bolivariana, Colombia se ha amalgamado tanto a toda actividad, movimiento y ejercicio neoliberal, que ha ido degradando su composición social, cayendo en esa temida emboscada imperial a la que estuvo sometida Venezuela durante aquellas décadas decadentes. Detrás del espejismo de un país que logra llegar a cuartos de final en un Mundial de Fútbol, ser puerto obligado para artistas internacionales, sede de las principales franquicias transnacionales, la favorita por Facebook para instalar oficinas y una potente aspirante a pertenecer a la secta satánica OTAN, hay una realidad que no está tan “bacana”como dicen. Colombia atraviesa una delicada situación donde la inflación, el desempleo y la desigualdad social, no son precisamente lo que muestran sus cifras oficiales ni el canal RCN.

Explicando un poco al camarada y compatriota Adán González Liendo, en su artículo: El salario mínimo en Colombia desnuda la falacia del dólar paralelo en Venezuela, al otro lado de la frontera el salario mínimo es de 616 mil pesos que se traducen en Bs. 3.158, 97 según el Banco de la República de Colombia (170 a 195 pesos por cada bolívar). Si tomamos la cantidad de 616 mil pesos y lo transformamos a moneda yanqui, obtendríamos 256 dólares, que aplicados a tasa SICAD 1 serían unos Bs. 3.072, o sea, casi el mismo que se arrojó más arriba. Ahora bien, si hacemos la conversión de los 616 mil pesos “al estilo Cúcuta”, el monto sería: Bs. 41.066, 66, lo cual sería hasta 13 veces el salario mínimo en la hermana república. Lo cierto es que 616 mil pesos deberían comprar más o menos la proporción de artículos en ambos países. Pero no. En Bogotá, el 97% de los 616 mil pesos se queda en la caja registradora del súper; en Caracas, rinde para una decena de despensas según la tasa de fábula de 15 pesos por bolívar.

Por otro lado, el tan renombrado y célebre “Bachaqueo” no es un invento de estos días. Mucho antes que apareciera el petróleo en Venezuela, ya se llevaban la gasolina venezolana a Colombia por contrabando. Eso sin hablar de los alimentos, que al menos en los últimos 50 años se han mantenido más económicos y fáciles de obtener en Venezuela.

Así pues, no es de extrañarse que aquellos que se iban en bicicleta desde Cúcuta hasta Ureña a despojar a venezolanos de los 18 renglones subsidiados de la “Cesta Básica” de Carlos Andrés Pérez, hoy sean los padres de quienes trafican la harina de maíz y el jabón en polvo dentro de los cauchos de una camioneta 4 x 4.

Un problemático concurrente: Control cambiario

Otro enemigo que vuelve a la escena en esta década decadente es el control cambiario. Para un venezolano que gozaba con una fuerte y estable economía, fue muy singular la creación del Régimen de Cambio Diferencial (RECADI) por Luis Herrera Campins, como consecuencia de nuestro distinguido “Viernes Negro”; descendiente directo del neoliberalismo. Hoy volvemos a contar con un control cambiario: la Comisión de Administración de Divisas (CADIVI), que si bien no es heredero directo del neolibralismo, sí tiene alguna célula funesta derivada de la primogenitura de malas políticas económicas que aún siguen vivas. Luego de 10 años, el mal funcionamiento de CADIVI no es un secreto para nadie. Su mala administración convirtió a Venezuela en un paraíso para las empresas de maletín – robándose al menos 20 mil millones de dólares – y un puerto de embarque para miles de viajeros que se van a raspar el cupo y traerse los dólares para revenderlos a la falsa taza de dólar “guarimbero”. Hoy Cadivi muta en el Centro Nacional de Comercio Exterior (CENCOEX), prometiendo mejorías en los controles de corrupción encontrados y destapados.

Pero el contratiempo no es el incauto control cambiario sino el abanico de tasas que galantean en un mercado que aún padece síntomas del consumismo, favoreciendo a la especulación y por ende a la inflación. Además de CENCOEX, contamos con Sicad I y Sicad II, tasas que se separan una de la otra en más del 830%. Y esto es solo con las tasas oficiales. De CENCOEX a la tasa del dólar “guarimbero” el diferencial es de más del 2800%

Si conocemos que las mafias y el desfase de precios continúan dañando todos los ámbitos de nuestra economía; ¿para qué seguimos manteniendo tres tipos de cambio?

Y ellos son los más concurrentes: Empresarios y comerciantes especuladores

Históricamente, los comerciantes y empresarios venezolanos no han sido los más afectuosos con el arraigo nacional. Su incumbencia siempre se ha orientado a su interés individual.

El modelo rentista petrolero de Venezuela desató desde los años 70 una desidia por parte de empresarios a los que simplemente les parece más remunerable traerlo hecho que hacerlo, dándole un uso improductivo a las divisas y en consecuencia, una devaluación por la impetuosa fuga de capital. La última década fue peor que ninguna otra. Con la aprobación de las divisas a 6,30 bolívares por dólar, los empresarios capitalistas no se conformaban con tener el margen de ganancias más alto del mundo, sino que algunos llegaron a incrementar sus precios hasta en un 10.000%. Luego de las sanciones correspondientes, simplemente ya no les interesa importar absolutamente nada. Estos empresarios parásitos, aprovecharon un barril de 100 dólares para engordar sus cuentas y ahora, con la caída de los precios del petróleo, son quienes se hacen las víctimas del Rrrrégimen.

Las medidas tomadas por el gobierno nacional hacia algunos establecimientos privados destaparon un comportamiento constante de especulación, acaparamiento y corrupción del que estamos acostumbrados a tener y que contradice a aquellos que continúan en la modorra de que “con AD se vive mejor, éramos felices no lo sabíamos y antes sí había producción nacional”.

Nuevo escenario, mismo performance

Cuando en 1989 alzó la voz el descontento popular aquel 27 de febrero, no solo los anaqueles estaban vacíos, también lo estaban los bolsillos, las cuentas bancarias y las barrigas de más de la mitad de los venezolanos. Pero la revolución transformó esta cruda realidad. Según cifras de la Cepal (y no de CNN), hubo una reducción de 60% al 28% en la pobreza general y de 27% a 7% en la pobreza extrema.

En esta oportunidad, vemos cómo la oposición se aprovecha de la coyuntura económica y apuesta por un segundo Caracazo que les permita retomar el poder y borrar definitivamente todas las políticas socialistas que por 15 años frenaron la barbarie en la que nos sumergieron en aquellas décadas decadentes.

Durante 15 años, los opositores al chavismo no se han puesto de acuerdo para saber cuál disparate es el más idóneo para lograr obtener el poder. Despertar el monstruo de la desestabilización y el caos es nuevamente la solución más sencilla para ocupar Miraflores. Su hambre de privatizaciones y ansiedad de malversación de fondos, los hace inmunes ante el sufrimiento del pueblo que, a diferencia de aquellas década decadentes, ya no es el mismo. Desestimar esta realidad y negar que existe una guerra económica es un gran error. Los hechos del mes de febrero del año pasado (entre otros miles durante los últimos 15 años) demuestran de qué están hechos quienes pretenden derrocar el gobierno chavista; sin embargo, desestimar que se han tomado terribles medidas para combatir su guerra económica, es un error más grave aún.

Ser una década potente y no decadente

La gira del presidente Maduro por los países de la OPEP, China y Rusia, es darle continuidad a las visitas que años atrás dio el presidente Chávez por los mismas naciones. Hoy, al igual que en ese momento, la oposición despreció y minimizó esta acción, porque conocen bien que las consecuencias son el fortalecimiento de los convenios para el desarrollo productivo y las estrategias conjuntas para estabilizar los precios del mercado petrolero.

El derrumbe de los precios del petróleo nos agarró sin ahorros y no hay que ser expertos para saber que tendrá un déficit en nuestra economía. Sin embargo, estamos a tiempo de emplear al menos dos medidas inmediatas que reactiven nuestra economía, la primera es la unificación cambiaria, que, aunque quizás no sea fácil eliminar el control en esta etapa, unificando de inmediato una tasa se sinceraría más la economía. De qué sirve mantener una tasa ilusoria como la de Cencoex a 6.30 e incluso la de Sicad I a 12.30, si al final, los tramposos y especuladores se aprovechan de esta renta y revenden los productos a Sicad II o a dólar Cúcuta. La segunda es el aumento del precio de la gasolina. Sincerando el valor del combustible bajaría el contrabando hacia Colombia y con su incremento, se respaldaría la inversión del transporte público urbano superficial y subterráneo que disminuirá el impacto en el bolsillo del ciudadano.

Este es un momento histórico para demostrar que el chavismo es la primera fuerza política del país. Que solo nosotros contamos con el apoyo del poder popular y podemos permitirnos realizar ajustes en un año electoral (incluyendo el complejo aumento de la gasolina) manteniendo la paz y la cordura en el país.

Hoy somos un pueblo feliz, consciente y atento.

Venezuela y el mundo entenderán para siempre que aquellas décadas decadentes son propiedad histórica de la derecha y nosotros habremos derrotado para siempre esta guerra económica que nos ha consumido a todos estos últimos meses.

Por otro año de éxitos y otra década década invicta: Chávez vive…

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